Posteado por: elcampanazo | mayo 2, 2008

NO ES COMPETENCIA, NI NEGACIÓN


Adriana León Sánchez

La antropología ha definido el patriarcado como un sistema de organización social en el que los puestos clave de poder (político, económico, religioso y militar) se encuentran, exclusiva o mayoritariamente, en manos de varones. Ateniéndose a esta caracterización, señalamos que todas las sociedades humanas conocidas, del pasado y del presente, son patriarcales, tratándose así de una organización histórica de gran antigüedad, que llega hasta nuestros días, en donde se imponen ideas, sentimientos, costumbres y normas que se acomodan al ritmo histórico de las sociedades occidentales. Una de las más tempranas manifestaciones del Patriarcado tiene lugar en la infancia, cuando a pesar de que resulta imposible delimitar la conducta propia del sujeto como femenina o masculina, éste impone una división tajante de acuerdo al sexo, apelando a una visión religiosa y naturalista de la sexualidad como fin exclusivamente reproductivo.

 

De aquí, que se haya desarrollado universalmente la división sexual del trabajo dando a su vez origen a las esferas de lo público y lo privado, en la primera de ellas asociado con las funciones de protector, productor y proveedor y en la segunda ligada fundamentalmente al ámbito familiar con el trabajo doméstico y la crianza de los hijos. Aun más, se ata lo femenino con condiciones de dependencia, la tierra, abajo, adentro, etc., y lo masculino con sus contrarios: lo privilegiado, fuerte, arriba, afuera, etc.

 

Ejemplo de esta división es el mito cristiano del origen de los seres humanos y de su rol permanente en la sociedad, en situación de castigo por el “pecado original”. A diferencia del hombre, la mujer no es creada a semejanza de Dios sino que se forma a partir de una parte del cuerpo del primero, concordando este símbolo con la función que Dios después tendrá para el y ella, cuando como castigo a la desobediencia de los seres humanos, manda que el hombre trabaje para conseguir el alimento y que la mujer conciba con dolor y además se subyugue a la voluntad de éste. Actualmente, la mujer es puesta, en varias ocasiones, como la pieza a jugar en la posición que necesite la sociedad: ¡hay que tener una buena mujer en la casa! (Función domestica), ¡mujeres y niños primero! (Función reproductiva además de la necesidad de descendencia para mantener el poder). No es lógico pensar, que alguna actividad sea propia de un sexo mientras al otro se deba excluir tajantemente.

Por ello, que el juego de roles tradicional (o al menos antiguamente tradicionales) de “pasividad – sumisión” por parte de la mujer y “dominación – agresividad – iniciativa” por parte del hombre se mantenga sobre todo, en “familias” donde la mujer evidencia factores de riesgo como la baja escolarización, dependencia económica y antecedentes familiares Neo – conservadores. Estos ultrajes se mantiene tan visibles que se toleran, se atenúan, se olvidan y con esto se invisibilizan, ejemplo de ello es, la porno-publicidad que surge como mecanismo de dominación y transacción al mismo tiempo.

No es cuestión de trasladar ahora una analogía de la doble carga hacia lo masculino, no hay razón para que se mantengan las inútiles costumbres que se fundan en el imaginario colectivo del hombre, como aquel que debe realizar el esfuerzo físico y presentar los halagos o propuestas a las mujeres. Recordemos que, destrezas como la fuerza física se han desarrollado por miles de años como producto de la evolución y como mecanismo de adaptación a un ambiente cambiante que, en nuestro espacio correspondería entonces, a la posibilidad de generar valiosos mecanismos de adaptación en el ser humano correspondientes a la categoría “equidad”.

 

Conocemos y reconocemos importantes eventos históricos de seres humanos como Antonio Nariño quien realiza la primera traducción americana al español de la “Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano” (1793), (en la que a propósito, no se tomaba la palabra “hombre” como un sustituto de la palabra “ser humano”), creados estos desde 1789. Debería ser que entonces, recordáramos también claramente como en 1791, la francesa Olympe Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y fue ejecutada con la acusación de conspiración y abandono de las virtudes propias de su sexo y es hasta el 10 de diciembre de 1948 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas (DUDH) recoge los derechos humanos básicos sin discriminación de sexo. De manera similar, podemos enumerar artistas, científicas, librepensadoras que no son solamente las grandes mujeres tras los grandes hombres. Igual que miles de acontecimientos que no se narran en los libros de historia por error, porque no se consideran relevantes ¿o tal vez por algo más?

 

Con esto, recordamos la lucha permanente que es lo que realmente nos debe conmemorar aquel 8 de marzo pues, luego de superar temas como el voto y la educación, prevalecen temas como el salario y las relaciones en la vida intrafamiliar que son inequitativas, (el DANE en el 2005 señala un desempleo masculino de 11,8% y el femenino en 16,7%) además de aquellas mujeres que están aquí sin vivir por el terror que les causa “morir” en manos de aquellos que algún día les prometieron “amor eterno”; de esas mujeres entregadas a múltiples trabajos en su familia y un mundo laboral, muchas veces, precario e injusto con ellas; o esas futuras mujeres, que desearíamos, no tengan que invertir su inteligencia y su que hacer en seguir luchando contra las injusticias que la sociedad les depara.

 

Pero mas allá de verlo como el sufrimiento de aquella que “tuvo que nacer mujer”, me refiero a lo que queda por hacer, al trabajo constante del autoreconocimiento y el empoderamiento. Si existe la tecnología (y sin apoyar una cultura consumista), podemos considerar, que más que lo biológico, en buena medida es la cultura la que nos hace propiamente humanos, y son cada vez menos las excusas que se pueden tomar para no buscar un camino diferente.

 

“Hasta ahora (érase una vez), la encarnación femenina parecía ser dada, orgánica, necesaria, y parecía significar las capacidades de la maternidad y sus extensiones metafóricas.” (Donna Haraway. 1985)

 

Pese a las contradicciones que han rodeado y seguirán rodeando el movimiento feminista, no hay que olvidar los cambios que se han generado: no somos ni brujas, ni becerros, no tenemos que ser las eternas y abnegadas madres protectoras y “rosadas” pero tampoco llegar al lado opuesto de ser sujeta de envidias o histeria, mujer fatal o jefe intransigente. Somos una parte de esa diferencia en la igualdad de la que habla Florence Thomas, inmersas junto con los hombres en un mundo homogeneizante donde, los cambios (en el lenguaje por ejemplo) cuestan pero, deben darse.

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Responses

  1. SALUDOS, APECIADA ADRIANA. QUISIERASOLICITARTE LA AUTORIZACION IARA TOMAR TU ARTICULO Y PUBLICARLO COMO COLUMNISTA INVITADA EN NUSTRO SITIO WEB: http://www.GenteCiudadBolivar.Com. LA NOTA, IRÍA COMO ESTÁ PLASMADA EN EL CAMPANAZO O UNA VERSIÓN MÁS CORTA, CON TUS RESPECTIVOS CRÉDITOS, POR SU PUESTO.

    SALUDOS,

    WILLIAM DELGADO GIL
    DIRECTOR
    http://WWW.GENTECIUDADBOLIVAR.COM
    PERIÓDICO GENTE
    CELS: 316 8555512 – 311 5903527
    BOGOTÁ, D.C.

  2. Hola William
    Creo que no hay problema con que el artículo sea publicado en otra parte y preferiria que no fuera recortado si no es totalmente necesario.
    Si no puedes copiarlo por favor escribenos y telo haremos llegar.

    Att
    Adriana León


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