Posteado por: elcampanazo | diciembre 28, 2008

CRISIS DE LOS INTELECTUALES


El Campanazo, reproduce a continuación, un artículo publicado en Le Monde Diplomatique, en su versión electrónica y que tiene por tema central la Educación Superior en Colombia y el estado de crisis en el que se encuentra actualmente.

 

Cuando la anticiencia aniquila a la inteligencia como institución.

 

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas.

 

El pontificado sin bases suficientes de una supuesta ‘ciencia’, como si fuera ésta lo mismo que investigación, y las poses neoescolásticas que buscan disimular una notable pobreza intelectual, solapan una mediocridad que se escuda en ejercicios como transponer los principios de la física a disciplinas como la psicología.

En lo que a la idea de ciencia atañe, mucho temo que con ésta pase lo mismo que con el condón, esto es, una fracción considerable de la comunidad académica y educativa en el mundo no sabe usarla o la evita o no sabe para qué sirve. Así de simple, a despecho de pergaminos y medallas. En el fondo, se ha convertido en un vocablo comodín. Y es un hecho de fácil constatación, puesto que basta con plantearle a cualquier da-vinci1‘científico’, sea natural, sea social, una simple pregunta, a saber: ¿Cuál es el proceso de génesis y desarrollo del método científico propiamente dicho? En pocas palabras, no están en posición de responderla, salvo contadísimas y honrosas excepciones, habida cuenta de que su formación, como lo estableció con tino Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, no toma en cuenta la sucesión de paradigmas que le permitió a su disciplina o profesión llegar al punto en que se encuentra. Aunque, eso sí, blasonan de ser sabios usando vocablos como ciencia e investigación, conocimiento e información, amén de tecnología, y sus respectivos campos semánticos, con una confusión babélica a todas luces. Como quien dice, los ángeles caídos pueden citar las sagradas escrituras según les convenga.

Por supuesto, el ámbito de las contrarreformas educativas no se sustrae a lo previo, incluido el nivel superior de la educación. Como reza el refrán, en todas partes se cuecen habas, y en nuestro contexto se cuecen por poncheradas, por cuanto, como en 2005 afirmó Guillermo Hoyos Vásquez como presidente del Consejo Nacional de Acreditación, en una conferencia dada en la Pontificia Universidad Javeriana, a la universidad colombiana la afecta una suerte de manía por la acreditología, o sea, la receta es uniforme por doquiera: adaptación forzada de programas al esquema de créditos y competencias, uniformidad en materia metodológica y de contenidos, laboratorios reducidos a la categoría de pobres damas vergonzantes, masificación descarada sin acrecer las plantas físicas y otros recursos en similar proporción, deshumanización galopante a favor de lo tecnológico a ultranza. Todo esto facilitado por una burocracia universitaria que se postra ante el pensamiento único. En fin, como fustiga con lucidez el senador colombiano Jorge Enrique Robledo, se ha desembocado en una educación mediocre para un país mediocre sin ir más lejos (1).

Empero, como en lo dicho antes a propósito de la precaria o nula cultura científica de los académicos, lo mismo cabe aplicárseles en lo que a la educación concierne, terreno en que la incultura es aún mayor. En otros fragmento-schiele1términos, no están en posición de responder a preguntas como: ¿Cuál es el proceso que llevó a nuestra civilización a los enfoques educativos de hoy? ¿Por qué Comenius adaptó, sin mucho rigor por cierto, la alquimia para darle cuerpo al esquema educativo que hemos sufrido en nuestro paso por la escuela en todos sus órdenes, esquema caracterizado por la ascensión de un grado a otro, como si de la ‘gran obra’ se tratara? Peor aún, se complica el darle respuesta a preguntas como éstas al precisarse una formación humanista sólida y un conocimiento claro de la historia de la ciencia y la tecnología, lo cual no es óbice para que, con gran desenfado, los burócratas educativos y el grueso del profesorado pontifiquen de lo lindo en materia educativa, no yendo más allá de ser eruditos a la violeta. Así, la irresponsabilidad intelectual está a la orden del día al tratarse de un colapso tanto moral como científico.

En el caso iberoamericano, estamos inmersos en un sistema que Heinz Dieterich, con tremenda lucidez, denomina feudalismo de alta tecnología (2), lo cual, bien visto, es fiel reflejo de la precaria o nula incorporación del modo científico de ver el mundo por nuestra cultura, que confunde ciencia con investigación, y conocimiento con información, si tomamos en cuenta lo planteado por Marcelino Cereijido a propósito de lo mal que está la ciencia en estos países, con investigación pero sin ciencia, como así nos lo hace ver él (3). Aún más, la escasa valoración de la ciencia ficción en Iberoamérica es otro fiel reflejo de la acientificidad de nuestras sociedades, pues se trata de un género nacido en países que se relacionan con los episodios centrales que dan cuenta de la revolución científica. Es decir, nadie puede dar de lo que no tiene.

En todo caso, la situación de hoy es una nueva escolástica académica, según precisa denominación de Dieterich, instalada por los neoliberales y su burocracia con fines de dominación cultural, cuyo rasgo distintivo es una mezcla de tecnocracia contemporánea y antiguo régimen cortesano. Más gracioso todavía, se trata de una ideología con no poco de neonazismo mal disimulado, con la base socio-biológica concomitante, esto es, con las pretensiones de superioridad racial y élite, pese a que no hay una rigurosa base científica que sustente tamaña ideología, como bien lo demuestran autores como Stephen Jay Gould (4), Diana Hoyos (5) y Stephan Chorover (6). Botón de muestra, el consejero legal de Hitler es “la verdadera eminencia gris de la administración Bush” (7). Pero, con todo, cual despliegue de la mayor paradoja, es de lo más frecuente ver, entre quienes constituyen las burocracias neoliberales –como, por ejemplo, las universitarias– no pocas personas que ni de lejos se ajustan al ideal de hombre ario, de cabello rubio y ojos azules, apolíneo y de facciones fragmento-guernika1agradables. Justo lo que pasaba en la Alemania nazi. ¿O acaso un Hitler o un Goebbels representaban fielmente el ideal ario que tanto defendían? Para colmo, quienes sufren el infierno neoliberal desconocen estas contradicciones de principio en el seno del pensamiento único, acientífico como el que más. En otras palabras, si conocieran lo que nos dice la genética de poblaciones, supieran bien que la noción de raza no resiste un análisis riguroso, y pudiera saltar a la vista una gran contradicción de la ideología neoliberal. Al fin y al cabo, las grietas del método científico se rellenan con pasta de ideología, como insiste Jorge Wagensberg al respecto.

Pero volvamos con la nueva escolástica académica iberoamericana. ¿Cómo está estructurada y cómo funciona? Permitamos que Dieterich nos lo diga: los “libros sagrados” se escriben en el Primer Mundo por parte de “grandes intelectuales” que suelen venerarse en nuestras universidades, entre quienes están Michel Foucault, Jürgen Habermas, Milton Friedman, Samuel Huntington, George Soros, Francis Fukuyama, Toni Negri y Edgar Morin. Luego, los profesores universitarios predican la liturgia neoliberal a su grey: los estudiantes, que sólo tienen la opción de obedecer al ritual de adoctrinamiento. En este panorama, la amenaza de reprobación profesoral es el equivalente a la excomunión. En el caso de los profesores, la herejía se castiga con el exorcismo de foros públicos, apoyos financieros, subsidios para investigación, posibilidades de publicación y privación de oficinas, y laboratorios de calidad, amén de otras formas de penitencia administrativa. Además de Dieterich, hay ejemplos a granel de esta depravación cultural de la vida académica iberoamericana en los lúcidos libros de Marcelino Cereijido. Y es fácil añadir más autores al respecto, puesto que los hechos son tozudos. Para ello, basta observar con detenimiento la postración intelectual en el seno de asambleas, foros y claustros en nuestras universidades. Así, la figura del intelectual comprometido es evanescente; casi no se ve una gallardía como la que en su tiempo mostró Émile Zola. En suma, la universidad dejó de ser la inteligencia como institución, lo que haría que Ortega y Gasset se revolcase en su tumba.

En Iberoamérica, los intelectuales cortesanos al servicio del imperio, desenmascarados por Dieterich, son Arturo Uslar Pietri, Gabriel García Márquez, Leopoldo Zea, Carlos Fuentes y Octavio Paz (8). Con todo, en nuestras universidades no faltan quienes los veneran, incluso profesores que se dicen de izquierda, circunstancia que pone en evidencia un rigor intelectual laxo entre nuestros académicos, incapaces de seleccionar buenas fuentes de información. Pero, si observamos en derredor, la enumeración antedicha crece sobremanera. En concreto, Dieterich estima que, al menos, un 90 por ciento de los intelectuales del mundo se ha vendido al neoliberalismo. Por ejemplo, los revolucionarios de café de los días de mayo de 1968 se metamorfosean en tranquilos burgueses recién jubilados. Es decir, son cadáveres exquisitos. Estamos, pues, infestados por la mediocridad intelectual, la burocratización estéril y el oportunismo político que han emasculado la creatividad y el compromiso social de la universidad.

En la década de 1960, Richard Feynman señaló la crisis de la psicología y la educación en Norteamérica, que consistía en el fracaso del trasplante forzado de los métodos de investigación propios de la física al terreno de aquellas dos disciplinas. A esta forma absurda de investigar la llamó Feynman “ciencia del tipo de adoración a los aviones”, por analogía con algo que pasó en una isla del Pacífico Sur recién concluida la Segunda Guerra Mundial, cuyos nativos añoraban la llegada de aviones estadounidenses que les traían cosas lindas producidas por la tecnología occidental. En su candor, los nativos trataron de hacer volver a los aviones mediante la reproducción, con madera y bambú, de pistas de aterrizaje, torres de control, aviones y demás. Desde luego, los aviones jamás volvieron (9). Por el estilo, como destaca Cereijido, acontece con la forma como se investiga en Iberoamérica, cuya infraestructura al respecto es trasplante forzado de lo acuñado en el Primer Mundo. También aplica lo previo a la educación, puesto que nuestros sistemas educativos son imitación genuflexa de alguno de estos cinco modelos: estadounidense, británico, francés, alemán y ruso. En el mejor caso, alguna mixtura de éstos. En suma, no hay cultura de la ciencia en nuestra región, como tampoco cultura educativa propiamente dicha, habida cuenta de que educación es otro vocablo comodín.

El hecho que el vocablo educación se use con laxitud extrema es reflejo de la crisis de los intelectuales y la negación concomitante del modo científico de ver el mundo. Un buen número de autores recogen esto. Botón de fragmento-obregon1muestra, Jorge Alberto Naranjo y William Ospina con motivo de varias conferencias dadas en Medellín en 2006 (10). Mientras Naranjo hace hincapié en que esta es la época de la meritocracia sin habilidad pedagógica y una doctoritis aguda vuelta misantropía educativa, Ospina resalta el talante esquizofrénico de nuestro sistema educativo, dada su separación del mundo de la vida. Y, desde luego, el modo científico de ver el mundo tiene un principio dialéctico en virtud del diálogo a dos bandas entre teoría y realidad. Así las cosas, la universidad es el lugar menos indicado para incorporar la cultura de la ciencia, cuestión anticipada desde décadas atrás por Iván Illich con su disección brillante del fenómeno educativo. En otras palabras, la universidad está todavía por inventarse en Iberoamérica.

Notas:

1.  Jorge Enrique Robledo, “Defender a capa y espada la educación pública superior”, en Autonomía universitaria, Federación Nacional de Profesores Universitarios, Serie Documentos, N° 1, junio de 2008.

2.  Heinz Dieterich, Crisis en las ciencias sociales, Popular, Madrid, 2005.

3.  Por ejemplo, véase: Marcelino Cereijido y Laura Reinking, La ignorancia debida, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2004.

4.  Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre, Crítica, Barcelona, 1997.

5.  Diana Hoyos V., Ética naturalizada: Evolución, naturaleza humana y moralidad, Universidad de Caldas, Manizales, 2001.

6.  Stephan L. Chorover, Del génesis al genocidio: La socio-biología en cuestión, Orbis, Madrid, 1985.

7.  Noam Chomsky, ¿Qué se creen los gringos?, FICA, Bogotá, 2005.

8.    Dieterich, op. cit.

9.   Richard P. Feynman, ¿Está usted de broma, Sr. Feynman?, Alianza, Madrid, 1994.

10.  Los textos de ambas conferencias están en la revista de la Universidad de Medellín, número del primer semestre de 2006.

Tomado de: http://eldiplo.info/mostrar_articulo.php?id=801&numero=72 

 

Le Monde Diplomatique. Edición Colombia. Año VII, Edición Número 72.

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